Friday, June 16, 2006

Psicología Crítica Social


Habermas propone una crítica social que busca una teoría de la sociedad donde teoría y práctica son consideradas como dos formas diferentes de racionalidad que se complementan entre sí y permiten una mejor comprensión de los fenómenos sociales. Este autor reconoce que siempre que se habla de conocimiento hay unos intereses de por medio pero no por eso se puede afirmar que el conocimiento pueda ser inexplicable e irracional porque eso sería adoptar una posición reduccionista al respecto, más bien es la forma en que se llega al conocimiento que es así. No se trata de una racionalización total de las cosas sino que así como los intereses pueden ser técnicos o comunicativos también pueden ser emancipadores. Dicho interés emancipador está ligado a la autorreflexión, la cual permite establecer modos de comunicación entre los sujetos haciendo razonables las interpretaciones, y está influenciada por la educación social que, tanto como la autorreflexión, es un aspecto de la emancipación social humana.

Habermas insiste en que las decisiones “prácticas” a través de la comunicación no son impulsos irracionales, como dirían los positivistas quienes tienen la tendencia a tecnificar la ciencia y a separar la teoría de la práctica, sino que son todo lo contrario. Sin embargo, esto no lo hace rechazar las ciencias positivas sino que su interés es señalar su lugar dentro de los niveles posibles de racionalización. Entonces, con esto está proponiendo que hay diferentes de niveles de racionalización en la ciencia, en los que se ubican las diferentes metodologías para acercarse al objeto de estudio y que permiten explicar las diferentes ramas de las ciencias. Los esfuerzos de Habermas para alcanzar una Teoría Social Crítica incluyen una reflexión sobre la relación actual entre “sistemas” (niveles de racionalización=ciencia) y el “mundo vivido” (práctica) lo cual conduce a pensar en una acción integral o comunicativa, es decir que se reconoce la importancia de una nueva forma de acercamiento a la realidad, introducirse en la misma, participar en ella y considerar las experiencias vividas. Si bien es cierto que representa un grado de subjetividad, rompe con los ideales positivistas que están alejados de la realidad. La propuesta del autor es valorar los métodos positivistas pero sin que éstos sean la única fuente de verdad porque también está sesgada por los intereses de los estudiosos, apoyando fuertemente el análisis crítico social, pero entonces buscando una integración y comunicación entre los diferentes puntos de vista.


 Relación entre Crítica Social y Modernidad-Postmodernidad

La modernidad está asociada a acontecimientos filosófico-sociales, por lo cual varias son las miradas de los filósofos al respecto. Habermas (1998) considera que muchos filósofos han tenido una visión sociocósmica muy estrecha puesto que unos se consideraban modernos en pleno siglo XII o en la Francia del siglo XVII. La modernidad, como fenómeno filosófico-social, ha producido un cambio en la relación que existía entre la filosofía y la ciencia, y el hombre como ente social impulsor de las transformaciones. La filosofía al comprender este nuevo paradigma se convierte en crítica y concibe y entiende al hombre como un elemento reflexivo de la actividad social. En cuanto a la ciencia, Habermas establece que ésta debe acercarse a las cuestiones prácticas y para ello es necesario propiciar una comunidad de igualdad comunicativa y así cerrar la fisura existente entre la práctica y la teoría. Por tanto, la modernidad es un momento en la historia en donde el conocimiento teórico y el conocimiento experto se retroalimentan de la sociedad para transformarla. Dentro de esta compleja maraña social lo moderno parece no querer dejar sus vínculos con el pasado. El pasado marca, en consecuencia, un devenir cuyo continuum va configurando lo moderno desde adentro, pero también supone la existencia de un mundo exterior. Por tanto, nunca hay un proceso completo porque lo nuevo se va reconstruyendo desde diversas formas, dependiendo de los tiempos.

De todas maneras, se entiende la modernidad como un movimiento histórico de carácter filosófico que parte especialmente en el norte de Europa a finales del siglo XVII y se cristaliza al final del siglo XVIII. Según lo anterior, trae consigo todas las connotaciones de la era de la ilustración, la cual está caracterizada por las instituciones como el Estado-Nación y los aparatos administrativos modernos.

Por otra parte, según Habermas, hay muchos que apuestan hacia un futuro que aún no conocen, implicando un “culto de lo nuevo”, lo que en realidad, significa una mera “exaltación del presente”. Entonces, en este contexto, pareciera que el mundo actual se compone de múltiples variaciones de la modernidad, resultantes de los numerosos vínculos que fluyen de lo nuevo, lo antiguo o tradicional y lo devenido o por devenir. Se da, por tanto, una suerte de transformación valórica de la sociedad occidental como consecuencia de la imposición de la cultura moderna. Además, el modernismo se hace presente notablemente en la sociedad, importando crítica y liberación de motivaciones hedonísticas que no aportan a la construcción de una sociedad compatible con las bases morales y racionalidad que implican ser un ente social. Según Habermas, la autoridad de la modernidad restringe al hombre su identidad y su existencia sociales.

Siguiendo con su crítica social, Habermas acusa que el “neoconservatismo desplaza sobre el modernismo cultural cargas de una o más o menos exitosa modernización capitalista de la economía y la sociedad”. Por tanto, resulta difícil y complejo que aflore el real ente social del hombre pues éste se ve obligado a responder de manera hedonista, narcisista y elitista a las circunstancias societales impuestas en la actualidad. Ahora bien, si se acepta que el actual tiempo posmoderno es una condición o “momento” en que se estaría repensando el proyecto de modernidad, se necesitaría que la teoría crítica de Habermas capte y problematice la presionada modernidad de la sociedad actual: introducción y legitimación de prácticas del capitalismo, apertura de la economía al capital extranjero, erosión de la noción de “sujeto social” con el aparecer de nuevos “sujetos” asociados a la apertura del libre mercado, y pérdida de valores morales en la nueva generación, entre otras. Sin embargo, esta teoría crítica no debe alejarse de los supuestos básicos del proyecto que somete a crítica, sino que debe recuperar, fundada y renovadoramente, los valores “clásicos” de nuestra modernidad, aquellos que nos han constituido y conformado. Resulta una dialéctica extraña para los tradicionalistas y lúdica para los transgresores, pero a favor de la preservación y la reconstrucción sociales. Claro que para lograr repensar la modernidad, esa teoría crítica debería “entrar y salir” del marxismo, esto es, recurrir a la abundante discusión semántica y social y a la diversidad de perspectivas teóricas sobre lo social en transición, complementándose con los discursos fundacionales de la rica tradición histórico-emancipatoria.

Habermas, al plantear la discusión entre modernidad-posmodernidad, pretende demostrar o bien que la modernidad ha sido superada por cuanto se resolvieron los problemas propios de ese tipo de reflexión o no son los primordiales de la época actual, o bien ésta forma parte del desenvolvimiento o “devenir” de la modernidad y por tanto no hay posmodernidad. Con todo, y considerando la compleja maraña social de la vida moderna, importa destacar que siguiendo la idea expresada por Habermas hace unos 20 años, en el sentido que la formulación hecha en el siglo XVIII por los filósofos ilustrados acerca del proyecto de modernidad que incluía el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomos regulados por lógicas propias, las que también contribuirían a la comprensión del mundo y del individuo, el progreso moral, la justicia de las instituciones y la felicidad de los hombres, resulta, sin embargo, fácil constatar que el siglo XX conmovió ese optimismo, impidiendo que a cien años de la muerte de Nietzsche la dimensión ético-moral lograra el éxito esperado; tal hecho no hace más que confirmar que el proyecto de modernidad sigue incompleto.

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